De todas las eras que vio
Y que en su existir presenció.
De lo creado y destruido,
Del hombre inmortal, derruido,
Que su ser representaba.
En el cielo lamentaba.
No tenía nada que aprender,
Ni nada ya que perder.
Él, nuestro padre que estaba,
No veía ya, solo miraba.
Al penar el alma abrió,
En su depresión rió.
Y cansado ya de beber
El poder del por siempre ser,
Lanzó a la nada eterna
Su magra carne tierna.
Cayó al vacío tiritando,
A toneles derramando
Un cálido vino picado.
El padre estaba asustado.
La humana duda existencial
Lo halló en providencial.
El creador se había esfumado:
Parecía nada había pasado.
La Tierra siguió girando,
El hombre siguió rezando.
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